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miércoles, 28 de noviembre de 2012

3er premio Concurso Cuento Breve 2012 - Agustín Piacentini


Que Dios los ayude


Cansado de pensar infinitas soluciones para ayudar al mundo, el se dio cuenta que necesitaba un  respiro.  Su nombre era Dios, y aunque realmente lo era, necesitaba claramente un descanso, tal como estar en pausa un momento.
 Trabajaba en el centro del mundo, logrando solucionar millones de problemas en menos de un minuto. Se sentó a tomar un café y pego un vistazo a lo largo de los continentes. En Europa, personas con mucho dinero realizando una fiesta en honor a la victoria de su equipo de golf. En África, más precisamente en Ghana, niños jugando con leones pequeños, disfrutando de la naturaleza. Llegó a China, en Asia: un hombre ciego, muy desesperado al sentir que no podía cruzar la calle y nadie lo ayudaba.
Luego de varias recorridas, arribó a Sudamérica, Argentina. Era un domingo 27 de octubre y faltaban cinco minutos para la seis de la tarde. En ese instante, se estaba disputando el súper clásico del país. Defensores Unidos versus Atlético Capital, 45 minutos casi cumplidos del segundo tiempo, el marcador empatado en cero, él árbitro sopló el silbato y tiro libre de mucho peligro para el conjunto local.
Dios, como cada domingo,  era muy indeciso con las definiciones de los partidos y esa vez, prefirió hacer un análisis. Observó el estadio completo y vio las hinchadas cantando hasta quedarse sin voz. Los directores técnicos muy callados y nerviosos, el que iba a patear el tiro libre, el arquero y por último, dos amigos, uno más asustado que el otro. Había mucha adrenalina en el estadio.
Pensó a quien darle una mano. El arquero, veterano, bastante gordito, y además no realizaba bien su labor bajo los tres palos. Nunca había podido ser figura, ésta podría ser la primera vez ¿no? Si atajaba se convertiría en tapa Olé o lo podrían invitar a programas televisivos a ocupar un lugar a lo largo de la semana.
El que estaba por patear el tiro libre, el 10 de Defensores. Manejaba de forma excelente la pelota, fachero, buen físico. Además era su primer clásico luego de su vuelta y posiblemente el último. Su objetivo no sólo era ser campeón sino que también quería conquistar a la hija del presidente del club. El tiro libre era clave, a ella le gustaba la fama y si hacía el gol sería el héroe. Entonces Dios, pensante, llegó a la conclusión de que ése era el momento.
También era el momento de analizar a los Directores Técnicos. Uno estaba más complicado que el otro. Al del equipo local, si no ganaba, lo echaban. Prácticamente igual, lo que sufría el otro Técnico, el de Atlético, que si perdía dejaba su cargo. El de Defensores era separado, con dos hijos y dos hijas que mantener, su esposa estaba loca. En cambio, el del equipo visitante, soltero, cuidaba de su madre, enferma y viuda, y no tenía hermanos.
En su última recorrida, pasó por las plateas. Los dos amigos se comían las uñas mientras el árbitro colocaba el spray. Además de su equipo, pensaban mucho en su apuesta: el perdedor pegaría el asado “incluyendo achuras”, había dicho Luis, hincha de Defensores. Le encantaban las apuestas, de hecho, gastaba mucho de su jubilación en la Quiniela. En cambio Carlos, más tranquilo, sólo respondió que sí, sin pensar en los gastos de ese famoso asado. Dios se enojó al verlos persignándose y exclamó irónicamente: ¡No van a misa desde hace años y ahora, por un insignificante partido, rezan!
Dadas las opciones, la pelota bien frenada en el vértice izquierdo del área. Los relatores expectantes. Mucho nervio y ansiedad. El arquero esperaba volar al lugar exacto, el 10 ponerla en el ángulo. Mientras tanto, Dios pensando qué hacer. ¿A quién beneficiar? ¿Merecía el arquero el éxito? ¿O lo merecía el 10? ¿Qué entrenador precisaba más el trabajo? ¿Qué hincha merecía la victoria de su equipo?
Tantas cuestiones por resolver que hasta el pensó en tratar de suspenderlo con un diluvio u otra interrupción. Para menos problema, cambió de imagen y colaboró con el señor chinito para que pudiera cruzar la calle. Pensó: la resolución del partido queda en manos de la competencia, que Dios los ayude. Y se rió. 

2do premio Concurso Cuento Breve 2012 Mariana Serfati

Cada loco con su tema 

En la oscuridad las sombras se tornaban tenebrosas, aquel candelabro cubierto de
telarañas daban indicio al descuido de toda la mansión, la luz de las velas empeoraban
la sala de estar y los sonidos roncos causados por Román producían eco, en aquella propiedad de José c paz. Los ruidos chirriantes de las escaleras viejas de madera se confundían con el chillido de una rata. Pero no importaba que tan descuidado estuviera, que sonidos produjera o que espeluznante fuera el lugar, Román estaba acostumbrado, y  parecía hasta complacerle vivir en ese lugar.
Qué podría molestarle a ese hombre, qué podría causarle temor, si se crío en soledad en esa mansión, si no tuvo experiencia en el amor; lo único que demostró amar, era tocar el órgano. Sus melodías tristes acompañaban el entorno del lugar, su espalda recta, sus manos ágiles, eran perfectas para tocar el órgano; su pelo rojizo oscuro y su nariz perfectamente respingada , lo hacían un hombre apuesto.
Se lo que piensan, ¿De qué vivía? púes bien no lose, pocas veces lo veía salir, pero a la media hora, volvía con el diario bajo el brazo conduciéndose hacia su hogar, sí aquella mansión podía decirse hogar. Yo solía sentarme en la vereda de mi casa y lo observaba, mi casa perfectamente puesta en frente de la suya, me permitía observar con cierto privilegio.
Les contaré la historia de Román…
Román no siempre fue un hombre de esconderse ante el mundo, ante la luz del día. Si bien, el se crío en aquella mansión, su padre lo acompaño hasta lo 11 años de edad, luego él se embarco en el año 1982 para defender las islas Malvinas de los ingleses. Él falleció en  la guerra. Su madre tuvo la desgracia de morir en el momento de dar a luz. Al no tener más familia Román quedo en soledad. Nadie intervino en la vida de aquel joven, excepto yo. Todas las mañanas, dejaba sobre el porche de su casa, una taza de chocolatada tibia y dos panes con manteca. Pocas veces los tomaba, pero me resultaba satisfactorio ver como dejaba la taza vacía nuevamente sobre el porche.
Cuando él cumplió los 19 años de edad, decidí acercarme con el fin de acabar con su soledad. Más de una vez me rechazo y la última digamos que hubo una mala experiencia; es inexplicable la agresividad y la fuerza de Román.
Solía ignorarme cada vez que le tocaba el timbre en su casa, las persianas permanentemente bajas daban el aspecto a que nunca estaba. La última vez salió, su cara transformada, sus brazos tensos y sus ojos sobresaltados, me asustaron no lo niego. Tome aire, junte coraje y le dije casi susurrando un “hola”. No pronunció una palabra, pero su mirada me persuadió y sus manos tomaron las mías. Deje que las tomara.    Comenzó a apretarlas. Empecé a temblar. No las soltaba y cada vez presionaba más.  Se me escapó un grito. Se me escapó una lágrima. Al ver mis ojos llorosos, me soltó de pronto, se miró las manos y su cara reflejo estar sorprendido con una pizca de decepción. Yo me fui de inmediato. El entro a su casa.
En ese momento entendí que algo lo hizo reaccionar, ¿Mis lagrimas tal vez? En ese momento no lo supe.
Pasaron días, que se transformaron en semanas, semanas transformadas en meses, meses eternos que no llegaban a su fin. Desde ese día no lo vi salir más.
Una mañana me levante, el sol aún no salía en época de invierno. Me sorprendí y mi sonrisa matutina se desvaneció al ver, una ambulancia y varios patrulleros que no tuve intención de contar. Me acerque temblorosa hacia la Srita. Stoshanoft, que en ese momento estaba dando declaraciones, ella era una mujer cerca de los 70 años, ubicada al lado de la casa de Román. Por lo que logre escuchar, ella había denunciado un aroma nauseabundo que provenía de aquella mansión tenebrosa.
El aroma era el cuerpo en descomposición de Román, que vaya a saber cuando falleció; al poco tiempo, me informé que no falleció, sino que se suicido, no se como, no quise averiguarlo.  Pero no es todo, nada era suficiente para el marco terrorífico que tenia la vida de ese hombre; dejo una carta, dedicada. Que los detectives forenses no estaban permitidos a leer. La dedicatoria era para Elizabeth Juárez. Al  oír aquel nombre, recitado y rectificado por el detective forense; mi cara se transformo, mis piernas se aflojaron, sentí como me bajo la presión y con voz temblorosa logre decir “esa soy yo”.
No sabría explicarles, lo que causo en mí, leer esa carta. Sería preferible que la lean por ustedes mismos.
“Querida Elizabeth…
                                  No diré que eres la causante de que me suicidara, no diré siquiera de que fuiste un motivo. Quiero que razones bien cada palabra que leas, cada motivo oculto de mis reacciones y forma de ser; te las explicare. No soy de escribir y como te imaginas apenas se comunicarme con una persona.
                                  El día en que te tome las manos, fui impulsivo y no tome conciencia de mis actos, al ver lágrimas brotar de tus ojos, me transporto automáticamente al día en el que mi padre se despidió de mí, al último día que me abrazo, que me tomo las manos y me dijo que me amaba, que él iba a volver. Fue la primera vez que vi  llorar a alguien, ese día no supe como reaccionar y una avalancha de sentimientos recorrieron mi cuerpo. ¿Cuáles? No sabría explicarlos. Solo se que al ver tus ojos iluminados, me recordaron a los ojos de mi padre.
                                  Medite días enteros, me realice preguntas que jamás me había hecho. Pero no tuve respuestas para todas. Me arrepentía de mis actos, de mi forma de actuar, de vivir la vida  de mi forma de verla también.
                               Me sentí obsoleto.
                               Rectifico que no fue tu culpa.
                                  Decidí suicidarme, para tener la oportunidad de nacer de nuevo, y vivir la vida como debe ser. No fuiste la causante, pero digamos que quiero volver a disfrutar de más chocolatadas.
                                  Tal vez no entiendas mi metáfora, pero en fin; uno siempre sabe que, cada loco con su tema.

                   Gracias…

Atte: Román Pazzarino.”


Decir que solté un llanto inexplicable sería poco. Pero al releerla, me di cuenta que murió con la esperanza de vivir una vida mejor. Seguí mi vida sin interrupciones, con la ilusión de que al renacer Román de nuevo, sea el niño que espero en mi vientre.

martes, 27 de noviembre de 2012

1er Premio Concurso de Cuentos breves 2012 Leticia Sarli




Círculos
Parte 1: 6 a.m.
A las 6 de la mañana del viernes 15 de septiembre, Marina apagó su despertador, como siempre lo hacía, y dio gracias de que fuera el último día de la semana. Entró al baño, como era su costumbre, y observó su rostro en el espejo: la sombra oscura debajo de sus ojos servía de recordatorio de las 3 horas de sueño que había tenido aquella noche.
Pegado al espejo, encontró el papel cuadrado amarillo que Joaquín dejaba siempre que se iba a trabajar: “El amor es como el viento” decía, escrito con su puño y letra, “no podemos verlo, pero podemos sentirlo. ¿Ya te dije lo hermosa que estás hoy?”. Siempre le arrancaba una sonrisa, y pensó que, si a Emilia le complacía la presentación de hoy, tal vez por fin podrían tener la luna de miel que tanto esperaban.
Parte 2: 6:20 a.m.
Antes de las seis de la mañana, había pocas almas que circularan las calles de la ciudad de Buenos Aires, y no sin razón. Esteban miró con impaciencia el reloj y luego se dirigió a la puerta, y al reloj nuevamente. Habían pasado ya 20 minutos de las seis de la mañana y estaba impaciente por irse; pero el pibe no llegaba.
A pesar de tener poco más de veinte y aspecto de haber usado los mismos jeans durante los últimos 10 años, Joaquín era buen pibe y laburador. Muchas veces llegaba antes de las seis y le decía: “Vaya, don Esteban, yo me ocupo”. Pero hoy no era el caso.
Abrió uno de los cajones del escritorio y comenzó a revolver el montón de papeles que tenía allí guardados: por algún lado debía tener el teléfono, tal vez la mujer supiera algo.
Esteban sabía que se habían casado hace poco y que todavía no habían podido irse de luna de miel. Sabía que su mujer (¿María? ¿Mariana? ¿Marina? Ya no se acordaba) trabajaba en un barcito de la peatonal Florida y estudiaba arquitectura en la de Buenos Aires.
Por lo bajo dijo un insulto, cuando no encontró el papel.
-¡Ay, pibe! Espero que no te haya pasado nada – murmuró, chequeando nuevamente el reloj.
Parte 3: 5:50 a.m.
Joaquín maldijo por lo bajo cuando el milico le hizo señas para que desviara el auto. El reloj de pulsera marcaba las 5:50. Encima que ya iba llegando tarde, tenía que ser justamente el mismo día que los milicos estuvieran por el barrio. Cuando bajó la ventanilla, un tipo alto y de voz profunda le dijo:
-¡Afuera!
Él abrió la puerta y salió; sin esperar a que se lo pidieran, entregó los documentos. El oficial revisó los papeles con toda tranquilidad, fue a la parte trasera y chequeó la chapa patente, fue y habló con otro oficial. Fue en ese momento cuando Joaquín se acordó cuanto odiaba que los milicos hijos de su madre se tomaran todo el tiempo del mundo. Cuando el oficial volvió, prosiguió a hacerle las preguntas de rigor: que quién era, dónde vivía, a dónde iba, dónde trabajaba, y así hasta que Joaquín cometió el error:
-Disculpe, oficial ¿Hay algo mal? Es que llego tarde al laburo, ¿vio?
-¿Así que está apuradito?– le respondió el oficial, mientras se le acercaba- ¡Pero mire usted! ¿Ve este gorrito? –Dijo, señalándose la cabeza- Mientras yo tenga este gorrito, la razón es mía. Así que si yo decido que usted se queda acá, se va a quedar hasta que a mí se me acurra, ¿soy claro, pibe?
Pero la…, pensó. Llegaba tarde, y el milico no lo iba a largar.
Parte 4: 8 a.m.
Como vio que no llegaba, Marina apuró el paso. La maqueta le pesaba, pero era consciente de que lo que contenía era importante. Tal vez lo más importante. Una vez más sintió la punzada de remordimiento y culpa que surgía al recordar cuánto le estaba mintiendo a su marido. Si el supiera… si supiera quién era verdaderamente Emilia…
Cuando tocó el timbre del número 560 de Lavalle, una voz femenina preguntó:
-¿Quién es?
-Vengo a ver a Emilia- fue su respuesta.
La mujer que le abrió la puerta primero se aseguró de que nadie la hubiera seguido, y cerró nuevamente la puerta.
-Está arriba- le dijo.
Incómoda por la maqueta Marina subió cuidadosamente las escaleras y entró en la habitación que le resultaba tan familiar. Dejó la maqueta a un lado y se refregó los ojos.
-Hoy estás destruida- dijo una voz.
Cuando Marina levantó la cabeza, vio a “Emilia” con su clásico traje y sus inconfundibles bigotes.
Parte 5: 6:45 a.m.
Joaquín venía ensayando sus disculpas a Esteban desde que el milico lo largó. Estaba tan enojado  y tan distraído que no se dio cuenta cuando seis hombres de anteojos negros bajaban de un Ford Falcon verde.
Parte 6: 8:05 a.m.
Al instante Marina se dio cuenta que algo andaba mal. Félix –o “Emilia”- evitaba mirarla a los ojos y, en cambio, corría apenas las cortinas del cuarto y observaba a lo largo de la calle. Era como si esperara algo.
Un escalofrío le recorrió la espalda cuando ella preguntó:
-Félix, decime, ¿qué pasa? Mirá que la información te la traje completita, no te preocupes. Nadie se dio cuenta, además…
-Perdoname, Mari- la interrumpió-, no quería ser yo el que te lo dijera.
-Félix- dijo, poniéndose seria, y sacándose su sobretodo rojo- ¿qué pasó?
-Primero, quiero que sepas que el testigo es de primera mano, lo vio todo; es un ex policía, ¿viste? Pero, además, es un amigo.
Parte 7: 6:46 a.m.
El destino quiso que el ex policía, Esteban Suárez, se asomara a las 6:46 de la mañana del día viernes 15 de septiembre de 1978 y viera, con sus propios ojos, cómo un grupo de hombres de anteojos negros se acercaba sigilosamente a un Joaquín distraído. Le gritaron: ¡EH, PIBE!; y cuando él se dio vuelta le dieron un golpe en la nuca. La acción duró poco, después de golpearlo lo subieron a un Ford Falcon verde y la calle volvió a estar tan tranquila como antes.
Se quedó paralizado por un momento, y luego volvió al teléfono. Esta vez marcó los números que conocía demasiado bien.
-¿Félix, te despierto? – Él sabe que no lo despertó, ese tipo no duerme nunca – Escuchame, ¿laburás con un pibe de nombre Joaquín? Espósito, de apellido.
Esteban no cree lo que le cuenta. ¿La piba? ¿Marina?
Esteban se reclina sobre su asiento mientras observa a los empleados entrar de a poco. Él nunca los ve y ellos siempre lo veían a Joaquín. Cuando le preguntaban respondía: “No sé, hoy no vino” y ellos seguían con su rutina. Volvió a recordar las palabras de Félix antes de que éste colgara: “Estamos muertos, viejo, aniquilados. Nos están bajando de a uno, ya nos convertimos en fantasmas”
Parte final: 9 a.m.
El viernes 15 de septiembre del año 2000, Eduardo lleva ocupado su asiento de costumbre, justo al lado de la ventana que daba a la avenida, desde las 8. Mira su anotador y relee el texto que ha escrito. Es basura, concluye, al tiempo que tacha todo el párrafo.
La campanilla del barcito de la peatonal Florida suena cuando entra una de las meseras, con un sobretodo rojo, y, sin mediar palabra, se pone el delantal.
Cuando ella se acerca a su mesa para preguntarle si quiere más café, él puede darse cuenta que ha estado llorando. Curioso, se pregunta por qué. Así, casi sin pensarlo, toma nuevamente la lapicera, mientras la chica rellena su taza, y escribe las palabras que darán comienzo a su relato: “A las 6 de la mañana del viernes 15 de septiembre, Marina apagó su despertador, como siempre lo hacía, y dio gracias de que fuera el último día de la semana…”

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El Ají de Alvaro Yunque

Hoy... hablando de libros y de lecturas con compañeras de la facultad... me acordé que mucho antes de leer las novelitas de Corin Tellado, con las cuales me pensaba en el inicio de la lectura, me acordé que a los 8 años, con una amiga de la infancia,  cuando me quedaba a dormir en su casa,  nos leíamos  el cuento El Ají. Casi no recordaba la historia, pero si la tristeza y el llanto que nos  provocaba cada vez que  lo leíamos una a la otra en voz alta!! así que lo busqué ... y como muchas cosas.. estaba en la red.. El Ají, de Alvaro Yunque
http://www.alvaroyunque.com.ar/narrativa/barcos-de-papel/alvaro-yunque-el-aji.html

No se si es un gran cuento.. pero hoy me hizo llorar otra vez!

miércoles, 11 de abril de 2012

Tres cuentos con fútbol - Eduardo Sacheri

Eduardo Sacheri es el autor de la novela "La pregunta de sus ojos" que dió origen a la película El secreto de sus ojos, ganadora del Oscar.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Cobardía de Leticia Sarli -1er Premio en Concurso Biblioteca -Cuento Breve 2011

Cobardía
Sus llantos penetraban en sus oídos como dagas. No podía soportar la idea de ver a una mujer llorar. Volvió sus ojos hacia el cuerpo arrodillado que tenía a sus pies. Ella alzó la cara, y él pudo divisar los rastros de maquillaje esparcidos por su rostro, que usualmente era inmaculado. Sus cabellos, siempre de un lacio irreal, ahora caían desordenadamente alrededor de su cara. Parecía no quedar vestigios de la dama de alta sociedad que era todos los días.
Nada de lo que decía parecía tener sentido para él. Ella continuaba balbuceando palabras inconexas y no era capaz de terminar una oración, pero él sabía lo que intentaba decir. En un impulso por detener los llantos, cayó de rodillas frente a ella y con toda suavidad tomó su rostro fino y delicado entre sus palmas. Ella cesó de llorar al instante, pero apartó la cara de entre sus manos y dio media vuelta.
-¿Ves este anillo?-dijo él y le mostró aquel anillo de oro con el cual hacía años se habían jurado fidelidad, respeto y amor – Léelo- insistió, colocando el anillo entre sus manos.
Ella lo tomó y, con mano temblorosa, leyó la inscripción grabada en el interior del anillo: “Por siempre”.
-Exactamente- dijo él, volviendo a poner la cara de ella en sus manos. Pero no podía evitar reconocer que esas palabras no eran más que mentiras. Amelia solía decir que él tenía el potencial de ser grandioso, de ser escuchado, de terminar con este gobierno. Sin embargo, él sabía que le faltaba valor, que nunca sería lo suficientemente fuerte como para defender lo que él mismo creía correcto. Él quería paz, cueste lo que cueste. Pero en esos momento paz significaba quedarse en su casa, con su esposa y vivir la vida que las autoridades consideraban correcta, aunque quisiera gritar a los cuatro vientos que no. Ya había aprendido la lección, de la forma más cruel y más dura.
Y mientras besaba a su esposa no pudo evitar pensar lo decepcionada que Amelia estaría si lo viera. Ella, que había luchado hasta lo último de su vida para defender una causa justa, para defender la libertad y la justicia; y él, que besaba los labios de una mujer que hacía imposible todo lo anterior. Sintió asco de sí mismo, ¿cómo podría ser tan cobarde?
Ya entrada la noche, Sam miró a través de la ventana. Sólo los sonidos de las sirenas cortaban con la quietud de aquella habitación. Para muchos, a diferencia de él, se habían convertido en un simple murmullo de fondo. ¿Sabrían su significado? ¿Sabrían lo que aquellos hombres, ataviados con sus trajes negros, iban a hacer aquella noche?
Miró a la mujer que ahora se acostaba en su cama. Su cabello se encontraba esparcido sobre las sábanas blancas y dormía plácidamente. Pensó que ningún hombre sensato podría rechazar a una pareja como ella. Su figura, sus talentos, incluso su posición social la hacían una candidata casi insuperable para cualquier hombre. Era una pena, se dijo a sí mismo, que lo hubiera elegido a él.
-La felicidad en el matrimonio es una estricta cuestión de suerte – le había dicho Amelia en una oportunidad, mientras miraban las estrellas en los prados de El Refugio. – Jane Austen, Orgullo y prejuicio – aclaró ante la mirada de incredulidad de él.
Lejos, donde terminaba la urbe, se apreciaban espirales de humo negro, que nadie parecía percibir. Eran libros, según le habían dicho el resto de los miembros de la Resistencia. Para Sam, que jamás había tocado un libro en su vida, saber que aún existían tales cosas y que eran quemadas por el gobierno era sorprendente… y atemorizante.
-¿Y, por qué queman libros?
Amelia le sonrió y se colocó en puntas de pie para besarle los labios. Su cabello corto y lacio, su contextura pequeña y sus ojos verdes eran adorables, pero fue su inteligencia lo que lo cautivó.
- Porque pensar, mi amor - le había dicho - es el peor crimen de todos.
Y estaba en lo cierto.
Antes de la amarga discusión con su esposa, él y Amelia habían decidido encontrarse en un grupo de departamentos abandonados a las afueras de la ciudad. El edificio de departamentos Rochester había permanecido en desuso por largos años y –como no formaba parte de la ciudad ya que se encontraba por detrás del Muro- el gobierno parecía haberse desentendido de él.
Esa noche Amelia parecía nerviosa, un aspecto inusual en ella. Sin embargo, siempre que Sam le preguntaba, ella lo besaba y respondía “nada, estoy bien” y continuaba besándolo. Luego de un tiempo dejó de contestar y trataba de desviar el tema de conversación.
-¿No le darán celos a tu mujer el saber que no vas a dormir en tu casa? – fue la última pregunta que le hizo.
Él se limitó a sonreírle. Por supuesto que le  daría un ataque de celos. Su esposa era por naturaleza una mujer celosa, incluso antes de conocerla a Amelia ya le había inventado supuestos romances con compañeras de trabajo o mujeres desconocidas durante alguna de las fiestas sociales a las que ella tanto ansiaba asistir.
En un momento de la velada, Amelia se levantó bruscamente de su asiento y anunció que debía usar el baño. Sam sabía que algo no andaba bien, incluso los ojos de Amelia, que él conocía tan bien, parecían augurar algo malo. Debería haberse dado cuenta de que algo iba mal cuando la habitación se iluminó del amarrillo de las sirenas. Lo único que atinó a hacer fue tirarse al piso, hasta que las luces y los sonidos se hicieron cada vez más lejanos, y se extinguieron.
Amelia entró tan bruscamente por la puerta y lo tomó tan fuertemente del brazo que la copa de vidrio que había estado sosteniendo resbaló de sus dedos, y el sonido del vidrio haciéndose añicos contra el suelo retumbó en todo el edificio. Sam miró alarmado a su compañera, y vio el terror en sus ojos.
- Amelia, ¿qué…? – pero él no terminó de formular su pregunta porque ella lo besó como nunca antes lo había hecho, con tanta pasión que él mismo la tomó por la cintura y la levantó del piso.
Cuando ella se separó, sus ojos brillaban de felicidad. ¿Cómo alguien podría acusarlo alguna vez de infidelidad? A ellos los unía un lazo más fuerte que un papel o cualquier mera ley humana, sus sentimientos trascendían todo aquello ¿qué importaba lo que pensaran los demás mientras ellos fueran felices? Y en ese instante sintió que podía vivir toda una vida a su lado, envejecer juntos, tener hijos, verlos crecer…
Sin despegar sus ojos de los de él, Amelia depositó un trozo de papel higiénico enrollado como pergamino en su mano. “Lo siento tanto” fue lo último que dijo antes de dar media vuelta e irse. Sam trató de seguirla, pero encontró que ella se había encargado de encerrarlo. Golpeó la puerta con todas sus fuerzas, pero lo único que consiguió fue un punzante dolor en el hombro. Pasados unos minutos de silencio e incertidumbre, todo quedó claro: los sonidos inconfundibles de un arma de fuego cortaron el aire. Sam se asomó a la ventana y pudo distinguir el cabello rojo de Amelia esparcido en el suelo y en su blusa, las grandes manchas rojizas…
Sam dejó reposar la frente en el vidrio frío de la ventana de su departamento. Las imágenes de la sangre y el rostro inexpresivo de Amelia tirado en el piso, inerte, lo continuaban atormentando. En su mano derecha, arrugado, se encontraba el rollo de papel higiénico que le había dado poco antes de morir. Algunas frases de lo escrito aún le resonaban en su cabeza: “Nunca olvides que te amo” comenzaba el último párrafo, escrito con letra temblorosa “Olvidar es lo peor que un ser humano puede hacer. Nunca olvides quién sos, quién sos capaz de ser. Jamás olvides todo aquello por lo que luchamos: libertad, justicia… ¿En qué mundo estarías viviendo? ¿Qué mundo estaríamos dejando? Olvidar es fácil, morir es fácil; pero vivir, y recordar, eso sí es complicado. ¿Cómo reconstruir un mundo donde cosas tan malas han ocurrido? Pero tenés que saber que la maldad, la tiranía y la opresión son cosas pasajeras. La oscuridad va a dar paso al día, y el sol va a brillar más fuerte que nunca. No lo olvides. No me olvides. Amelia.”
A lo lejos, el sol comenzaba a asomarse por sobre los edificios. Sam giró y vio cómo su mujer se acomodaba entre las sábanas. Volvió a fijar sus ojos en el pequeño rollo de papel higiénico y en el anillo dorado que llevaba en su dedo. Lentamente, volvió a la cama y depositó el anillo debajo de la almohada. Amelia se equivocaba, él no era un hombre valiente. Pero, pensó, mientras tomaba su mochila y salía por el umbral de la puerta, hay momentos en que uno no tiene que pensar en sí mismo, en su mera supervivencia, sino que en un bien mayor. Tal vez sí, era un cobarde; pero no existe un hombre tan cobarde a quien el amor no haya convertido en un héroe.